Corazones subterráneos en un sábado por la noche en el Metro
Por Alfredo Tamayo Álvarez
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n viaje en el
metro, un sábado por la noche nos puede revelar un mundo insospechado y un pulular de vidas, personas y
personajes dignos para un guión cinematográfico. Los rostros cansados o las conversaciones
quejosas de las semanas y sus horas
picos son reemplazadas un sábado por una noche por otros rostros, otras
atmosferas.
El eros gallardo de un
mariachi.
Vivir
de fiesta en fiesta, de serenata en serenata debe moldear un espíritu lúdico,
un eros a la defensiva y ofensiva. Galanteos
de trasnochos, repertorios de amores en cada velada. En la estación
Capitolio se baja nuestro mariachi en su “horario
laboral”. Lleva su ajustado- esbelto
pantalón negro con luces y arreglos que le puede garantizar los suspiros de
cuanta fémina guste de las rancheras y la música mejicana. Dos amigas suben por las escaleras mecánicas, una rubia
y una morena, y en le entona una canción que se parece a aquella de nuestra niñez “me quiero casar con una viudita de la
capital, que se sepa coser, que sepa bordar…”
Picaflor nocturno para quien el
cortejo es consecuencia del trabajo. Cupido a domicilio.
La doxa presidencial
De
Capuchinos a Mamera, un recorrido con
una discusión histórica. ¿Quién fue el
primer presidente de Venezuela: Cristóbal Mendoza o Simón Bolívar? Un hombre
mayor con unos cuantos traguitos encima y un joven discuten acalorada y
apasionadamente quién según ellos fue el primer presidente. Casi que se van a los puños por la verdad
histórica. Ni en la Academia de la
Historia se hubiera sentido tanta pasión patria, tanta devoción por defender a
uno y a otro.
-Qué fue Cristóbal
Mendoza el primer presidente de este país.-dice el señor mayor
-No que va, fue
Bolívar, no pudo ser otro-responde el joven
-No, el fue
presidente de Colombia, mi hermano.
-Qué va viejo
usted está equivocado, no me venga con esa...
Los
académicos dirían “la doxa en acción”.
No sólo la política tomó las calles, la historia y su verdad también. En su
lúcida ebriedad tenía razón el hombre de
más de edad.
Un escape sobre rieles
En
la estación Mamera, debía hacer un trasbordo de trenes. Al entrar al último vagón y preguntar el destino del
tren me responde con mucha diligencia y precisión un joven que venía viendo el
recorrido del viaje desde la ventanilla
que da hacia los rieles. De ojos grandes y negros, barba y un bolsito
de esos que se lleva el almuerzo para el
trabajo, el muchacho no se despega ni un sólo momento de lo que viene viendo
por la ventanilla.
Con
una franela negra que dice Hollywood, ese momento lo convierte en algo lúdico,
un momento de escape y ensoñación. La salida de una rutina laboral. La entrada
a un viaje para soñar en ser otro. Se cree un operador de tren por un
instante. Alguien pregunta qué dirección
lleva el tren y con mucha diligencia y atención responde: “Las Adjuntas”. La salida de la rutina laboral rompe su rol.
Sueña con ser otro, con otro trabajo, otra ilusión.
Lesbianas con derecho
En
la estación terminal de Las Adjuntas se puede tomar un tren hacia la ciudad de
Los Teques. Sentadas en el suelo del vagón dos muchachas muy femeninas
conversan entre risas y chistes. Dos universitarias que parecieran gritar su
libertad de juventud. No falta el vendedor ambulante quien se les acerca y les lanza un piropo a lo
que una de ellas le responde tranquila, pausada y orgullosamente. “soy
lesbiana”. El vendedor, típico picaflor
criollo que no desperdicia oportunidades, se queda atónito. Sus esquemas se
caen. Su desconcierto se queda en la boca semi-abierta. Para todo siempre tuvo
respuesta y si noma tenía la inventaba. Pero esta vez la diversidad
insospechada de la ciudad subterránea de un sábado por la noche le da una
cachetada.





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