El limonero del Señor recuerda la tradición

Decir semana santa en Venezuela es decir Nazareno. Color morado y violeta. Olor a cirio, incienso y nardo. Por milagros o devoción , tradición de siglos o retiro espiritual, la imagen del nazareno, año tras año, se ha hecho un episodio especial, excepcional, más que en otros países católicos. Desde niños hasta adultos se visten con moradas túnicas de satén o algodón para formar un multitudinario cortejo ya sea para "pagar promesas", por devoción o sencillamente solidaridad cristiana.

El Nazareno de San Pablo más que un "patrimonio", si es que se pudiera decir este calificativo, que queda pequeño ante todo lo que simboliza, es uno de los iconos que guarda, cual biblia de ébano, las historias entretejidas alrededor de la santa imagen, las calles de la ciudad y el paso de los años. Su talla se entremezcla con la historia de Caracas, con sus mitos y su imaginario. Sin la escultura de María Lionza en la autopista o sin la figura ecuestre del LIbertador en la Plaza Bolívar Caracas no sería Caracas. Así sucede con el Nazareno. Está en sus huellas digitales.

Desde el entrañable episodio del limonero que el poeta Andrés Eloy Blanco inmortalizó pasando por las conjeturas sobre su inclinado costado por el peso de la cruz, las procesiones para implorar las lluvias en los años 80 hasta la leyenda de la conversación entre el venerado Jesús Nazareno y su escultor, sin contar con las miles de historias de milagros y socorros.

De herencia sevillana


Las procesiones que de ser una representación de los pasos de Jesús de Nazareth antes, durante y después de su pasíon, cruxifición y muerte, se conviertieron en tradiciones tan arraigadas que hoy en día se confunden con lo popular, lo folklórico y también con lo turístico de cada país. Las Semana Santa de Sevilla, de Andalucía, del Perú o de Guatemala entre otros lugares de de origen latino, son una expresión de coloridos, de arte, flores, de movilizaciones, de organizaciones que giran alrededor del drama de la cruz, que pueden llegar a cautivar a más de uno que no sea de la fe católica. Hay que ir buenas cámaras.

Sin duda alguna, que la Iglesia desde tiempos inmemoriales supo interpretar el sentido de la calle como medio de evangelización. Hoy queda para rememorar, cultivar las tradiciones, dar aliento de compás, descanso y esperanza a los días.

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